La invisibilidad como adaptación inconsciente

“Es esencial comprender los efectos de haberse sentido invisible. Para ello, la verdadera escucha es una de las fuerzas más potentes para poder llegar a la paz del ser, que siempre reside en el corazón que la practica”.

Sentirse invisible puede ser resultado de una medida de protección en los seres humanos. Si observamos la sabia naturaleza, vemos que en el medio hay especies animales que desarrollan un conjunto de adaptaciones de las que podemos destacar el camuflaje. Esta estrategia consiste en esconderse para que no te encuentre el depredador y también para poder atacar mejor a tus presas. Un ejemplo podrían ser todos los insectos, aves y mamíferos que usan el camuflaje como medio de protección. Otro caso interesante puede encontrarse en el fondo del mar, donde diferentes peces se ocultan entre la arena, los corales o las rocas. En el océano, también hay peces que son transparentes para no ser vistos o que pueden imitar colores con el fin de no ser reconocidos.

Los seres humanos somos gregarios y necesitamos estar con los demás para crecer y sentir que existimos. A la vez, nuestra personalidad y sentido de la identidad dependen de la perspectiva y estilo de cuidado que recibimos de niños de las figuras de apego. Así, el apego sería la piedra angular para el desarrollo multidimensional del niño, condicionando su desarrollo evolutivo y siendo la base de la seguridad percibida y del auto-concepto. Si no somos vistos, esto puede impedir el desarrollo de las partes más esenciales. Por lo tanto, la invisibilidad del niño afectará al adulto en el que se convertirá en un futuro. En cambio, si el niño recibe un apego seguro, esto generará una sensación de seguridad interna y de conexión con uno mismo y los demás. Es clave comprender la relación que existe entre el apego, los vínculos seguros y los propios recursos de regulación que llegan hasta la edad adulta.

Podemos preguntarnos si como niños nos sentimos invisibles para los demás o si por alguna razón tratábamos de ser invisibles. El no ser visto puede presentar diferentes facetas. Un ejemplo es cuando los “otros” no nos ven, ni nos notan, ni sienten. También, podemos presentar una invisibilidad como mecanismo de autoprotección, para no ser vistos en un entorno peligroso. Así, pensamos que corremos menos riesgo ante el peligro. Estas vivencias pueden tener un efecto en la propia regulación emocional, el autocuidado y pueden generar dificultades para pedir ayuda o para poner límites. Otro ejemplo de las consecuencias, podría ser la necesidad de presentar síntomas para tratar de conseguir la atención de los demás, dando lugar en algunos casos a comportamientos histriónicos.

Es esencial saber cuándo empezó la sensación de ser invisible para la persona. Verbalizar lo que sucedió es clave, en muchos casos, para ayudar a procesar el recuerdo traumático. También, si sentimos e identificamos lo que nos sucede aquí y ahora, estamos dando un primer paso hacia la recuperación. Si hacemos balance de qué partes de la personalidad no fueron reconocidas por la familia, podremos identificar qué no aceptaron los cuidadores. A partir de este punto, podremos ayudar a integrar esas partes rechazadas y que en su momento no se permitió su expresión. Si empezamos a aceptarnos incondicionalmente, se abre la puerta al efecto reparador. Así, puede tener lugar la alquimia, convirtiendo el plomo de la personalidad en el oro que habita en lo más profundo de nosotros.

Irene Erra